Ah, el famoso “el cliente siempre tiene la razón”. Esa frase mágica que, como por arte de encantamiento, convierte a algunas personas en expertos culinarios, críticos implacables y, en casos extremos, en dictadores de la mesa… todo por el módico precio de una cuenta pagada.
Atender personas implica estar expuesto a un abanico infinito de personalidades: desde el comensal amable que agradece cada detalle, hasta el cliente pedante que llega con la convicción de que su tiempo, su pedido y su visión del mundo son lo único que importa. Y aunque el servicio es, en esencia, dar lo mejor de nosotros para que el otro viva una buena experiencia, hay algo que rara vez se dice: es desgastante.
Es desgastante lidiar con quienes elevan el tono por un error humano, con quienes menosprecian el trabajo de un mesero como si fuera un servicio automático y no el resultado de horas de esfuerzo, atención y hasta improvisación para que todo salga bien. Es desgastante cuando la crítica llega cargada de prepotencia y no de intención constructiva.
Porque detrás de cada plato que llega a la mesa hay personas: con jornadas largas, con pies cansados, con problemas en casa, con metas y sueños que no siempre caben en el delantal que llevan puesto. Personas que, como cualquier otra, merecen empatía.
No se trata de justificar un mal servicio ni de ignorar que los clientes tienen derecho a opinar. Se trata de entender que, así como el comensal espera ser tratado con cortesía, el personal de servicio merece lo mismo. La hospitalidad es un camino de doble vía: gente atendiendo gente. Y cuando uno recuerda que al otro lado también hay un ser humano, la experiencia —para todos— mejora.
Quizá ha llegado el momento de reemplazar esa vieja frase por una más realista: “El cliente siempre tiene derecho a ser escuchado, pero también el personal siempre tiene derecho a ser respetado”.
El problema es que, en muchos casos, el comensal cree que está en un escenario donde él es el protagonista absoluto y el personal de servicio es apenas un telón de fondo. Esa percepción distorsionada de jerarquía crea un muro invisible: de un lado, quien paga la cuenta; del otro, quien pone el cuerpo y la energía para que la experiencia ocurra.
Y sí, hay clientes que, por costumbre o educación, saben que un «por favor» y un «gracias» no cuestan nada. Pero también hay otros que creen que el dinero compra no solo el producto, sino también el derecho a la condescendencia. Son los mismos que, en redes sociales, escriben reseñas largas y destructivas porque el café no llegó a la temperatura perfecta, pero jamás mencionan que el local estaba lleno, que el equipo corría para atender todas las mesas, o que se les ofreció una solución.
El verdadero cambio comienza cuando el comensal entiende que exigir calidad no significa exigir sumisión, y que el respeto no se negocia. Porque, al final, el servicio no es una transacción fría: es un intercambio humano que puede ser tan cálido o tan frío como la actitud que cada uno aporte.
Que buen artículo, cada vez más acertados y reflexivos. Gracias por estos aportes.
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Gracias Johann
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Estimado Juanse siempre seguidor de tus publicaciones, siempre crítico, siempre empático, la industria de la hospitalidad es una industria demasiado maravillosa, y concuerdo contigo en que el respeto no se negocia. saludos querido amigo
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Como parte de la industria gastronómica y habiendo trabajado en servicio, como en muchas más áreas, el leer esto definitivamente te llega porque detrás de cada atención hay personas que merecen el mismo respeto que ofrecen. La verdadera experiencia nace cuando recordamos que somos gente atendiendo gente. Nunca está demás un poco de empatía.
Excelente Artículo.
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Gracias por el comentario y por el aporte a la industria Cami
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Muchas verdades que no se suelen decir en voz alta.
Gran artículo Juanse.
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