El pasado miércoles por la noche, Cardó, en el centro norte de Quito, fue escenario de una cena especial. No fue una colaboración más de agenda sino uno de los mejores encuentros que ha podido generar este espacio. Desde San José de Costa Rica llegaron Conservatorium y Sikwa, dos restaurantes que el año pasado forman parte de la lista de Latin America’s 50 Best Restaurants, para cocinar a seis manos junto al equipo anfitrión. Tres cocinas, tres visiones y tres formas de trabajar el fuego y el territorio se dieron cita en un encuentro que, más que fusión, fue conversación.
Durante el servicio, ingredientes como la remolacha, chonta, macambo, café y varias carnes actuaron como puentes entre dos países y tres cocineros que, sin renunciar a su estilo, encontraron una voz común. Fue una cena de respeto mutuo, técnica sin alarde y una ejecución que logró lo que pocos menús colaborativos consiguen: que las tres propuestas brillen sin competir. Una de esas noches en las que la cocina sirve no solo para alimentar, sino también para tejer comunidad.



La noche fue una afirmación de que la cocina latinoamericana no necesita disfrazarse para gustar, ni hablar otro idioma que no sea el de su propio territorio.
Conservatorium, el restaurante liderado por Henry Quezada, catalogado como la revelación del año por Latin America’s 50 Best Restaurants. Su propuesta de asador creativo explora el fuego desde lo más tradicional hasta lo más experimental, sin perder conexión con la tierra. Gran parte de sus platos nacen en un laboratorio de I+D donde fermentos, curados y procesos técnicos dan vida a una cocina que se atreve a pensar más allá del plato. El fuego, en Conservatorium, no es solo técnica: es memoria y posibilidad.
Sikwa, número 25 en la lista, llegó con Pablo Bonilla y su cocina de profundo arraigo indígena. Bonilla no busca folklorizar los saberes ancestrales, sino traerlos al presente con rigor e identidad. En Sikwa, cada ingrediente es parte de una narrativa que reivindica los productos originarios y las comunidades que los sostienen. Su propuesta es contundente: cocinar es también un acto político, y en sus platos hay tanto conocimiento como sensibilidad.
El anfitrión, Cardó, una de las propuestas más sólidas y personales de la escena quiteña actual, puso la mesa con lo que mejor sabe hacer: cocinar con tiempo, producto y fuego. Lo de Cardó no es espectáculo, es coherencia. Y esa coherencia fue el terreno fértil para que esta cena fluya con naturalidad.




Lo de esta noche no fue solo una cena: fue un gesto de comunidad. Fue una celebración del producto, del oficio y del diálogo entre cocinas que comparten más de lo que creemos. Fue un recordatorio de que en América Latina hay talento, hay identidad y, sobre todo, hay ganas de cocinar desde lo que somos.
Aplaudo encuentros como este porque nos recuerdan lo potente que puede ser la cocina cuando se mira al espejo y se reconoce en el otro. Porque no se trató de impresionar, sino de compartir. De aprender. De cocinar juntos.
Que vengan más noches como esta. Que más restaurantes apuesten por abrir sus fuegos a otras voces que hablen el mismo idioma de producto y territorio. Y que más comensales se animen a vivir estas experiencias, a apoyar, seguir y hablar de estos espacios donde la cocina se vuelve puente, memoria y celebración. Que este encuentro no sea una excepción, sino la posta de muchos más. Porque cuando las cocinas de nuestra región se unen, el resultado no es solo un buen menú: es una declaración de futuro.

