Lo que el bolón ha unido, que no lo separen los comentarios

Hay gestos que valen más que discursos oficiales. En tiempos en que las noticias se fragmentan y las urnas polarizan, una votación sobre el desayuno ecuatoriano, esa que puso al bolón en el centro de la conversación, hizo algo insospechado; consiguió reunir a un país. No fue un decreto ni una campaña institucional, fue un acto espontáneo de memoria gustativa, una chispa que encendió charlas en mercados, oficinas y familias.

Desde la esquina más húmeda del Oriente hasta la montaña más fría de la Sierra, la pregunta simple ¿ya votaste? dejó de ser una frase casual en redes para convertirse en un puente. Serranos, costeños gente de izquierda, derecha y quienes no se definen; jóvenes, viejos, estudiantes, comerciantes y más, salieron a hablar de lo suyo, de su receta, del lugar en el que se sirve el mejor bolón, que si era mejor con queso, chicharrón o mixto. El bolón devolvió la conversación a lo cotidiano y, en ese retorno, hallamos comunidad.

No subestimemos lo que hace la cultura alimentaria, los sabores llevan memoria. Un plato puede contener la historia de una familia, la abuela que amasó, el tío que lo servía en las ferias, la prima que lo hizo en la universidad, y al compartirlo se restablecen lazos que la distancia o la rutina habían aflojado. Cuando una votación popular provoca que las personas recuerden y cuenten lo que ocurre, no es solo un entretenimiento digital, es una reafirmación de identidad compartida.

A todo esto, al igual que una votación de redes desató tal ola de compromiso con el país y el vecino de alado, creo que es prudente entender que un creador de contenido, influencer, cocinero casero, periodista gastronómico, puede encender curiosidades, rescatar recetas olvidadas, exponer diversidad y hasta, como en este caso, unir a un país completo.

Influir no es sinónimo de imponer. Pero existen quienes observan desde el otro lado de la mesa y desde su espacio cuestionan la importancia del fenómeno. “No hay que hacer tanta bulla”, dicen “cada quien desayuna lo que puede o quiere”. Y cuánta razón, la libertad de elección es sagrada y la diversidad de preferencias enriquece. Pero hay que cuidar los lugares, opinar desde la comodidad no borra la realidad de la desigualdad ni invalida el valor simbólico de lo que une. Criticar la celebración sin reconocer su capacidad de reunir no suma, recordemos que una conversación sobre comida no reemplaza políticas públicas, pero sí puede activar empatías y recordarnos lo que tenemos en común. A ellos cabe recordarles que la cultura no siempre es campo de batalla. Hay espacios donde la identidad y la memoria merecen ser disfrutados sin intensiones personales. Que la gente encuentre en un bolón una razón para sonreír no debería ser motivo de reproche.

Lo notable de este episodio es algo muy sencillo y profundamente hermoso: un bolón, un ingrediente, una preparación, ¡uno! logró algo colectivo. No fue una intervención gubernamental ni una campaña ministerial; fue la memoria gustativa de la gente, la mano que amasa, la charla en la cocina a las seis de la mañana. Eso nos recuerda que la identidad se teje también con lo cotidiano, con los pequeños rituales en la cocina que persisten a través de generaciones.

Pienso en la señora del mercado que me contó cómo su madre amasaba bolones a mano y los vendía al amanecer, en el estudiante que extraña el sabor de su hogar y comparte receta en un comentario, en el camionero que guardó la costumbre como última conexión con su pueblo, en el oficinista que tiene el turno de la semana de comprar los bolones para la oficina. Esos relatos pequeños que el internet amplificó, pero que siguen siendo íntimos, la fuerza no está en el algoritmo, sino en la experiencia que cada persona trae a la mesa.

Si una votación sobre desayunos provocó que nos preguntáramos por el otro, por su receta y por su memoria, podemos aprovecharlo. Usemos ese espacio para escuchar ¿qué nos une más allá del plato? ¿qué historias traen consigo los alimentos que celebramos? Convertir una tendencia en una oportunidad para diálogo constructivo es un ejercicio que esta cultura gastronómica debe aprovechar.

Que lo que el bolón ha unido, no lo separen los comentarios y que continúe así, con memoria, con respeto y con ganas de volver a la mesa. Que la discusión sea sana, curiosa y generosa. Que celebremos sin excluir, que critiquemos sin deshumanizar. Si una preparación logró que un país mirara al otro por unos minutos y compartiera una sonrisa, cuidemos esa chispa. No dejemos que las ideas erradas desde la falsa superioridad borren la posibilidad de conversar, aprender y, por qué no, compartir un bolón.

Buen provecho!

Fotos cortesía de: Galo Miguel Pillalaza

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Avatar de Johann Colmenares Johann Colmenares dice:

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