Ikaro en Ecuador, un pedacito de Logroño en Quito

Hay experiencias gastronómicas que trascienden el plato y se convierten en un relato. Ikaro, el restaurante con una estrella Michelin de Carolina Sánchez e Iñaki Murua, lo sabe bien. Y por cuarto año consecutivo, nos regalaron en Quito una probada de su esencia desde su sede local Kriollo, que no solo trajo sabores desde Logroño, sino que reafirmó su manera de entender la cocina: con técnica, equilibrio y respeto absoluto por el producto.

En esta ocasión, la velada estuvo marcada por el juego entre la tradición española y la identidad ecuatoriana. Se sintió un paseo de la Calle del Laurel (Ubicación de Íkaro en Logroño) en cada paso del menú, con platos que hablaban de la gastronomía riojana, pero que se tejían con productos locales sin perder la armonía. No se trató de una propuesta que buscaba deslumbrar con excesos ni con combinaciones forzadas, sino de una ejecución que dejó en claro que, muchas veces, menos es más.

Desde el primer bocado, la cocina de Sánchez y Murua dejó ver su sello: técnica impecable, balance entre lo simple y lo sofisticado, y una mirada clara sobre cómo integrar lo ecuatoriano sin hacerlo anecdótico. Cada plato estuvo acompañado por un maridaje perfecto con vinos seleccionados de europa, aportando un hilo conductor a la experiencia, con notas que potenciaban los sabores sin restar protagonismo al plato.

El pescado fue uno de los puntos más altos de la noche. No es un ingrediente que falle en manos expertas, pero en esta ocasión la combinación entre su cocción precisa y los elementos con los que lo acompañaron lograron algo que va más allá de la técnica: el placer de comer bien. Hubo un juego sutil entre lo que se espera y lo que sorprende, entre la familiaridad de ciertos ingredientes y la ejecución que los transforma.

Más allá de los platos, lo que deja Ikaro en su paso por Ecuador es una enseñanza sobre la gastronomía bien entendida. En un momento en que la alta cocina muchas veces parece obsesionada con la complejidad, con el exceso de elementos en un solo bocado, la propuesta nos recuerda que lo esencial no necesita adornos. Que el producto, cuando se trata con respeto, habla por sí solo. Que el equilibrio entre técnica y emoción es lo que convierte una cena en una experiencia memorable.

Un menú que, más que demostrar, confirmó una idea: la buena cocina no necesita aspavientos para ser extraordinaria. Y esa es una lección que siempre vale la pena recordar.

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