Es curioso cómo la llegada de Starbucks a Ecuador ha sacado a la luz a un ejército de «defensores del café» en redes sociales. De repente, todos tienen una opinión sobre lo que significa que esta gigante del café abra sus puertas en nuestro país. Sin embargo, me resulta extraño no ver la misma vehemencia en estas voces cuando se trata del consumo masivo de café soluble marca patito en las mismas comunidades cafeteras de Manabí, una provincia que produce un café de alta calidad y, además, ecuatoriano, misma situación en Esmeraldas, El Oro y otras tantas provincias.
La situación es sencilla: las cafeterías no solo venden café, venden experiencias, marcas, y cada una se dirige a un mercado diferente con una temática diferente. El verdadero reto es que el público en general aprenda a valorar toda la gama de propuestas que tenemos en el mercado y aprendamos también que no está mal una elección u otra. Porque, aunque suene a justificación barata, tanto Starbucks como las cafeterías locales generan empleo y en un país que donde el 90% de ecuatorianos comen por necesidad y el 10% por satisfacción, donde tenemos altos índices de desempleo, desnutrición y demás, no nos podemos dar el lujo de despreciar fuentes de trabajo.
No hay nada de malo en pedir lo que quieras en Starbucks, en apoyar el café local o en optar por una experiencia en Sweet & Coffee o Cyrano, que también son marcas locales. Incluso puedes disfrutar de las tres opciones, porque, en realidad, no hay ninguna diferencia que deba ser motivo de juicio. No hay que enrollarnos en la bandera de un discurso vacío y solo se genera rechazo al cambio, a la competencia, a los “gigantes”. ¿Y si por cosas del destino y un buen trabajo, nuestras marcas locales terminan ganando?
Ser un consumidor en la era moderna conlleva una responsabilidad que va más allá de lo que ponemos en nuestro carrito de compras. Cada vez que pedimos un café, estamos tomando una decisión que impacta a varias personas a lo largo de la cadena de producción (La famosa trazabilidad). Elegir un café local es mucho más que una simple preferencia de sabor; es una elección que apoya a los agricultores que cultivan el grano, a los tostadores que perfeccionan su aroma y a los baristas que lo convierten en una obra de arte. Es un acto de conciencia y apoyo a las economías locales, de reconocimiento al trabajo arduo y a la calidad que estas pequeñas empresas ofrecen y también está bien si ese es el discurso adoptado.
En definitiva, el debate no debería centrarse en si está bien o mal consumir Starbucks o café local, sino en cómo podemos enriquecer nuestra cultura cafetera y apoyar a todos los actores que contribuyen a ella. Al final del día, lo importante es que, ya sea que tomes un café en la cadena más grande del mundo o en la esquina de tu barrio, lo hagas con el conocimiento y el respeto que nuestro café merece. Porque solo así, con criterio e información, podremos valorar de verdad cada sorbo que damos. Buen provecho!